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Especial Tiburones

La película “Tiburón”, dirigida por Steven Spielberg y estrenada en 1975, sigue siendo aún hoy un clásico del género, pero después de provocarle fobia marítima a varias generaciones de crédulos, decir que Jamie y Adam decidieron rendirle un tributo no alcanza, sería muy fácil quedarse en eso. Ellos, en cambio, y fieles a su estilo inquisitivo, se propusieron desentrañar los varios mitos que encierra la trama.

Por ejemplo, ¿Puede un tiburón tener tanta fuerza como el de Spielberg y ser capaz de arrastrar a un barco? ¿Se puede alejar a un tiburón con el mero hecho de golpearlo en la naríz? Mejor aún, ¿Se lo puede hacer explotar haciendo que se meta en la boca un tanque de oxígeno y disparándole luego una bala certera a ese tanque?

Lo primero que Adam y Jamie quisieron probar fue si realmente un tiburón podía tener tanta fuerza como para mantener sumergidos durante varias horas a tres barriles de flotación, o si era capaz de arrastrar el barco, que en la película se llamaba Orca, aún con el motor encendido y acelerando en dirección contraria.

Para probar si es posible, Adam decidió ir a buscar tiburones grandes como el que se ve en pantalla a las Islas Faralon, a 43 kilómetros de San Francisco. Y descubrió que esa clase de tiburones son una especie en extinción y que no vale la pena arriesgar su salud tan sólo para sacarse una duda, por más “filosofal” que sea. Eso los llevó a Florida primero y luego a las Bahamas en búsqueda de unos tiburones más chicos, conocidos como “reef sharks”.

Ayudados por el personal del Centro Biológico Bimini trataron de ver cuánto peso puede arrastrar un tiburón, para descubrir que la respuesta es la que ambos habían pensado de antemano: su propio peso.

El segundo mito que propulsa el filme es aquel que dice que si uno se ve amenazado por un tiburón, lo hará retroceder si le pega en la naríz, los ojos o las agallas. Este mito les costó varios preparativos y croquis de los que les gusta dibujar.

Lo cierto es que por temor a calcular mal el golpe y hacerles daño prefirieron que entrara en acción su muñeco favorito: Buster. Esta vez al maniquí lo vistieron con ropa de buzo rellena de pescado crudo y oloroso a manera de carnada para que se acerquen los tiburones. Pero primero tuvieron que diseñar un sistema por el cual, ante su comando, Buster lanzara un golpe hacia la naríz del susodicho con su brazo de aluminio estrenado para la ocasión.

Por “problemas técnicos” Buster volvió con una mano menos y obligó a a Jamie a ponerse el traje de buzo y a pegarles él en persona a los tiburones. El resultado: puede ser que esos golpecitos los distraigan, pero no se puede predecir que le vayan a salvar la vida a una persona.

Para el final se dejaron la carga explosiva. Adam armó un prototipo de cabeza de tiburón en telgopor, y le insertaron el tanque de oxígeno. El autor del libro Jaws en que se basó Spielberg para su película, Peter Benchley, hizo morir al tiburón arponeado por Quint, y dicen que siempre le pareció poco plausible la versión del tanque explosivo que ideó el director.

Para eso están los cazadores de mitos, verdad? Lo que descubrieron fue que los tanques de oxígeno que usan los buzos son como bombas, cada cilindro tiene suficiente aire como para llenar una cabina telefónica y ese aire está guardado a una presión enorme. Pero también descubrieron que los tanques son muy seguros y que no van a explotar al menos que uno les haga algo muy radical. Con ayuda de Frank Dolie Jr., del FBI, Adam y Jamie hicieron volar espectacularmente el tanque por los aires en una base naval en desuso. ¿El veredicto? Es posible. Y, al parecer, muy entretenido de corroborar.

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