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"Está demostrada la imposibilidad en todo sentido de que un hombre pueda elevarse, y ni siquiera sostenerse en el aire", sentenció en 1782 el sabio y famoso astrónomo Joseph Lalande. Las muchas intentonas fracasadas desde la antigüedad le daban la razón. Error: apenas un año después, los también franceses hermanos Montgolfier demostraron palpablemente lo contrario: un globo suficientemente grande, inflado con un gas más liviano que el aire, puede elevarse y acarrear peso; y ese peso pueden ser el de seres humanos. Aunque los primeros pasajeros de su globo aerostático fueron un carnero, un pato y un gallo, que volvieron a tierra sanos y salvos y de lo más contentos. Aquellos primeros vehículos estaban atados al suelo. Cuando los Montgolfier doblaron la apuesta y pretendieron soltar un globo, el rey Luis XVI lo autorizó... a condición de que subiera tripulado por condenados a muerte. No fue así. Un hombre muy valiente, Rozier, y un noble influyente, el marqués de Arlandes, lograron el permiso y se convirtieron en los primeros intrépidos en máquinas voladoras.

Desde entonces la evolución fue acelerada. Los hermanos Robert sustituyeron por hidrógeno el aire caliente que hasta entonces se usaba. Los siguientes esfuerzos apuntaron a poder decidir la dirección del vuelo sin depender del viento. En 1785, Blanchard cruzó el Canal de la Mancha con alas batientes como propulsores y un timón con forma de cola de ave. Fue el primer paso hacia los llamados "dirigibles". El más famoso, cuyo nombre terminó por convertirse en genérico, fue el Zeppelín, del cual se fabricaron diversos modelos.

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