Los hay de piedra, de madera, de acero, de plástico, de soga y hasta de papel prensado. Por su forma y estructura pueden ser en arco, en viga (es decir, rectos), colgantes o suspendidos, levadizos, giratorios... Los cruzan peatones, ciclistas, autos, camiones, trenes. Pero también agua, gas y petróleo.
Construir puentes es una necesidad, y una pasión, que viene desde el principio de la humanidad. Aquel lejanísimo día, un hombre bastante parecido a nosotros se topó con un arroyo profundo. ¡Y el alimento que buscaba estaba del otro lado! Enojado, golpeó un árbol seco que allí había. El tronco cayó, uniendo las dos orillas. Temeroso sin duda, pero hambriento, nuestro personaje cruzó pisando sobre el árbol caído. Había inventado los puentes.
Desde entonces mucho agua pasó... por debajo.
Los romanos del antiguo imperio idearon los puentes de arco, tan resistentes que algunos se mantienen aún en pie.
Siglos más tarde, los europeos que llegaron a América se sorprendieron al ver los puentes de cuerdas fabricados por los incas para atravesar las alturas de los Andes.
El proceso evolutivo de este tipo de construcciones se detuvo y hasta retrocedió durante la Edad Media. ¿Por qué? Entre otras razones, porque se consideraba a los ríos como límites naturales y defensa contra las invasiones; instalar puentes hubiera sido favorecerlas.
Mucho más acá en el tiempo, el desarrollo del hierro forjado y luego del acero permitió la construcción de puentes cada vez más extensos, más funcionales y más seguros.
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