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La capacidad que poseemos de distinguir objetos en la oscuridad se denomina “visión nocturna”, que es muy distinta a la visión diurna.

¿Por qué es así? Simplemente porque en nuestra retina existen dos tipos de células receptoras: los conos y los bastones. Los conos se relacionan con los colores y por lo tanto son útiles para ver durante el día. Los bastones, en cambio, están preparados para la visión nocturna y por ello no distinguen los colores. Tal vez por eso existe el refrán que afirma que “de noche, todos los gatos son pardos”. En los bastones se acumula el rhodopsin o rodopsina, sustancia cuyas moléculas experimentan un cambio de forma para absorber la luz. En otras palabras, se van adaptando a la escasa iluminación. Es por ello que la visión óptima de la noche en seres humanos se alcanza a los 30 minutos, momento en el que se produce la máxima acumulación de rodopsina. Los bastones, por otra parte, son insensibles a ciertas longitudes de onda, como por ejemplo la de la luz roja. Es por esta razón por la que se utiliza la luz roja para preservar la visión nocturna.

Los animales también poseen visión nocturna. Los perros y los ciervos, por ejemplo, se mueven en la noche con una seguridad que los humanos nunca tendremos. Los hermosos ojos rasgados de los gatos necesitan seis veces menos luz que los nuestros para distinguir objetos. Los sapos prefieren la oscuridad para capturar diminutos insectos. Y qué decir de los búhos y de las lechuzas: está comprobado que ven en la oscuridad diez veces mejor que el hombre.

Atento a ello, el humano ha creado multitud de artilugios para mejorar su visión durante la noche. Por lo general, basándose en un par de principios. De hecho, algunos aparatos amplifican la luz, la aumentan y la potencian. El riesgo es que inesperadamente surja una luz fuerte (por ejemplo, el flash de una cámara fotográfica) que por su amplificación lastime nuestros ojos. Actualmente este tipo de instrumentos se apagan de manera automática frente a una luz que supere determinado umbral de potencia. Otros aparatos funcionan como cámaras térmicas: detectan la radiación infrarroja y convencionalmente convierten esos rayos en los distintos colores. Resultan ideales para localizar cuerpos calientes entre el humo, las tinieblas e incluso debajo de la tierra.

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