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| Un busto de Alejandro Magno en el Museo Capitoline, Roma. |
La velocidad, habilidad y estrategia con las cuales Alejandro Magno (356-323 a.C.) esculpió su imperio, son legendarios. Fue el mejor comandante militar del mundo antiguo, con un incansable vigor por la expansión, cuyo gran logro fue conquistar Persia, histórico rival de Grecia. El imperio de Alejandro se expandió con el tiempo no sólo por el mundo griego, sino también a Egipto (donde fundó la gran ciudad de Alejandría), y a las lejanas tierras de la actual Pakistán.
Alejandro no conquistó solamente con poder, sino también con inteligencia. En lugar de saquear los países que conquistaba, los gobernaba equitativamente, y asimilaba su pueblo a su gobierno y ejército. Esta actitud se hizo conocida como “política de fusión”.
Pero él era un hombre imperfecto. Bebía demasiado, abusó de su salud en infatigables campañas, y abandonó todo esto muy tarde como para engendrar a un heredero. Exhausto, Alejandro Magno murió de una fiebre a la edad de 32 años, sin nombrar un sucesor. No pasó mucho tiempo hasta que su imperio colapsó.
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