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Antes del nacimiento de la democracia, la mayoría de las ciudades-estado estaban gobernadas por aristocracias, que en griego significa “gobierno de los mejores”. El poder era repartido entre un pequeño círculo de hombres provenientes de familias nobles.
Sin embargo, para el 600 a.C., había emergido una clase media. El comercio los había enriquecido y las mejoras militares les habían otorgado fuerza; pero ellos también querían poder. En algunas de las ciudades, incluyendo Corinto, la clase media se levantó y expulsó a la aristocracia en favor de dictadores que fueron conocidos como los Tiranos. En otras partes, se dieron cambios más pacíficos a medida de que las aristocracias admitieron a la clase media dentro de la asamblea de gobierno. Estas se dieron a conocer como oligarquías, o “gobierno de unos pocos”. La más ferviente de estas oligarquías fue Esparta.
Sin embargo la gente de Atenas tenía una idea diferente y, a fines del 500 a.C., se instauró la primera democracia o “gobierno de la gente”. Las ondas de esta revolución se hicieron sentir a lo largo de todo el mundo antiguo, y todavía hoy en día sobreviven. Sin un gobernante individual, la asamblea pública conformada por hombres ciudadanos, se reunía 40 veces al año para votar en las decisiones de estado. La agenda era establecida y los decretos eran llevados a cabo por un concejo de 500 personas, escogidas en grupo para servir uno cada año.
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