 |
| Nacer, crecer, desarrollarse, reproducirse y morir, tenía sus secretos. |
Desde su embarazo, la mujer tenía que cumplir con una serie de requisitos, como no comer determinados alimentos y, frecuentemente, abstenerse de tener vida sexual. El nacimiento solía ser consultado a un adivino, quien pronosticaba si venía con buen o mal augurio.
Las mujeres del pueblo parían sin partera y con dolor. Era difícil arreglárselas solas. Tras el alumbramiento, cortaban el cordón umbilical con un trozo de cerámica filoso y lo guardaban para dárselo de comer al niño cuando se enfermara. Luego, se bañaban con la criatura en una corriente de agua cercana, lo envolvían en una cobija, lo depositaba en una cunita y volvían al trabajo que habían interrumpido cuando las sorprendió el parto.
Una práctica muy usual era matar o abandonar a los niños considerados contrahechos o deformes. Tampoco era raro abandonar a los niños cuyas madres morían en el parto o durante la lactancia, a menos que hubiera alguien capaz de hacerse cargo de ellos.
Después del nacimiento de su hijo, el padre se acostaba en una hamaca quejándose por las dificultades que había sufrido en el parto, mientras que la madre solía seguir trabajando. En realidad, era la forma de proclamar públicamente, quién era el padre del recién nacido.
|