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Antes que a la conquista española, el ocaso de la civilización maya se habría relacionado con sus propios conflictos internos. Al momento de la llegada de los europeos en el siglo XVI, las ciudades mayas ya habían abandonado su período de esplendor y grandeza.
La erosión del suelo y la degradación ecológica, el descenso demográfico, y la fragmentación del poder de los reyes del Período Clásico figuran entre la combinación de causas que los especialistas eligen para explicar las repetidas situaciones de crisis que atravesaron las grandes urbanizaciones de esta cultura.
A través del estudio de los anillos de los árboles, los especialistas en climas de la antigüedad pudieron determinar que durante el siglo XVI el territorio fue castigado por nuevas y severas sequías. Los mayas eran sumamente dependientes del régimen de lluvias para la práctica de su actividad agrícola.
El desarrollo de estrategias sofisticadas para la acumulación de agua, y la distribución por canales que explotaban las diferencias de la topografía, no fueron suficientes para evitar el desastre, el cual se combinó con la secuencia de pestes terribles que azotaron a Mesoamérica a partir de la conquista.
El Hantavirus trasmitido por los roedores, y el “cocoliztli” o tifus, una especie de fiebre hemorrágica, causaron estragos entre 1545 y 1576 en la población indígena. Los infectados morían en el lapso de tres a cuatro días.
Si las causas naturales fueron importantes, las causas políticas y sociales fueron la clave. La conquista española multiplicó la catástrofe, la humillación, el sentimiento de derrota, y la destrucción del mundo material y simbólico de los mayas y sus descendientes.
Pese a la debacle del siglo XVI, en la actualidad hay importantísimas poblaciones indígenas, herederas de las tradiciones, que mantienen viva la cultura, la lengua, y el pensamiento de los mayas.
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