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Sin sus carreteras, los romanos nunca hubieran podido gobernar un territorio tan vasto como el Imperio Romano.
Los caminos fueron construidos por el ejército y obedecían a tres propósitos: mover las tropas por todo el Imperio; permitir el comercio; y hacer posible una recaudación de impuestos eficiente en las provincias.
Eran construídas en secciones rectas y planas, evitando obstáculos como colinas y pantanos. Su construcción variaba para adaptarse a las condiciones locales, pero en su mayoría se componían de cimientos de piedras grandes (statumen), cubiertas con piedras pequeñas (rudus), luego le agregaban grava (nucleus) para el drenaje, cubierto a veces con un empedrado (pavimentum). Todo esto formaba un terraplén elevado con desagües de los dos lados, lo suficientemente ancho como para que pasen dos carruajes, y tan fuerte como para que muchas carreteras hayan sobrevivido hasta nuestros días.
El camino Fosse y las calles Watling y Ermine de Gran Bretaña, eran todas carreteras romanas.
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