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El Coliseo fue construido alrededor de un estadio central ovalado, en el cual los gladiadores podían luchar a muerte.
Mientras ellos estaban muriendo, se mantenía cómoda a la audiencia en asientos en hilera, protegidos del sol con un enorme techo de lona.
Debajo de las filas de asientos y del piso de arena del estadio, había una compleja serie de cuartos y corredores para guardar a las bestias salvajes, y para poner en escena los espectáculos.
Los gladiadores eran los futbolistas de nuestros días –venerados como héroes pero despreciados socialmente. Algunos eran hombres libres o aristócratas que habían perdido su dinero y habían elegido disfrutar de una vida corta pero gloriosa. Sin embargo, la mayoría eran prisioneros de guerra y criminales condenados.
Decenas de miles eran enviados a la muerte en combates mano a mano, luchando contra bestias salvajes o, incluso, en batallas navales sobre barcos reales, que se llevaban a cabo en el estadio anegado. Los ánimos se caldeaban y con frecuencia la violencia se propagaba a los espectadores, de la misma forma que ocurre en los modernos partidos de fútbol.
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