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Lo más alto de la persecución a los cristianos vino después del Gran Incendio de Roma, por el cual el pueblo culpó al emperador Nerón.
Él le echó la culpa a los cristianos y realizó miles de ejecuciones públicas crueles, utilizando a muchos como antorchas humanas en los jardines de su palacio.
A pesar de esto, los cristianos siguieron creciendo en número gracias a las enseñanzas de San Pablo. A diferencia de los romanos, que practicaban la cremación, ellos enterraban a sus muertos bajo tierra, en las catacumbas –una serie de cementerios subterráneos que se construyeron entre los Siglos II y V d.C.
Después de años de arrojar cristianos a los leones, los emperadores comenzaron a darse cuenta de que la adoración a un sólo Dios, en lugar de muchos, en una religión controlada por el estado, era un medio muy efectivo para dominar a la población. Cuando el emperador Constantino adoptó al Cristianismo como la religión oficial del estado en el Siglo IV d.C., y fue bautizado en su lecho de muerte, probablemente tenía esta idea en su mente.
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