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“¡Santo Súbito!”
El lapso de cinco años que exige el Vaticano desde que una persona muere hasta el momento en el que se puede iniciar el proceso para su santificación, tiene sus excepciones. Las dos más famosas fueron la de la Madre Teresa de Calcuta y la del propio Papa Juan Pablo II. En el caso del Pontífice, el proceso se inició en mayo de 2005, apenas seis semanas después de su fallecimiento. Ya en su funeral en la Plaza San Pedro, muchos fieles alzaban pancartas en las que se leía: “Santo Súbito” (santo ahora). Los casos de Teresa de Calcuta -que ya fue beatificada y se encuentra ahora en proceso de canonización- y de Juan Pablo II, han hecho que se comente la existencia de una “vía rápida” a la santidad, basada en la devoción popular, algo más acorde con los primeros tiempos del Cristianismo que con la tradición vaticana de los últimos siglos. Sin embargo, existen críticos de este procedimiento acelerado o “vía rápida”. El propio Juan Pablo II, que se mantuvo al frente de la Iglesia durante casi 27 años, fue criticado por haber creado una “fábrica de santos” y por haber aprobado un récord de 482 canonizaciones y 1.337 beatificaciones, unas cifras muy superiores a las de todos sus antecesores desde que la Santa Sede reguló el proceso de santificación con la creación de la Congregación para las Causas de los Santos. “Juan Pablo II tenía como misión en su vida presentar al mundo una amplia diversidad de santos”, comenta monseñor Slawomir Oder, encargado de llevar adelante el proceso de canonización del papa polaco. El 18 de febrero de 2008, el Vaticano endureció las normas de canonización en un documento de 20 páginas que pide a los obispos de todo el mundo que sean más cuidadosos y selectivos a la hora de considerar las “causas de la santidad”. La medida busca eliminar los cuestionamientos sobre la “fábrica de santos”, aunque estas críticas raramente son atendidas por los fieles. Para ellos no cabe duda alguna de la santidad y los milagros de Teresa de Calcuta, de Juan Pablo II, del indio mexicano Juan Diego, testigo en 1531 de la aparición de la Virgen de Guadalupe, o de Ceferino Namuncurá, un mapuche argentino beatificado en noviembre de 2007. Las críticas tampoco amilanaron a los centenares de devotos católicos chilenos que viajaron a Roma en octubre de 2005 para presenciar en la Plaza de San Pedro, en un acto presidido por Benedicto XVI, la canonización del sacerdote jesuita Alberto Hurtado. Para todos ellos era un santo desde hacía muchos años, por su infatigable obra en favor de los pobres.
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