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Los pescadores de cangrejos de Alaska están entre los más expuestos al peligro en su tipo. La temporada de pesca es corta –tal vez tan corta como de cuatro días, y rara vez de más de doce. Pero en esas pocas jornadas frenéticos, deberán soportar olas de 40 pies (12 metros), vientos de 80 mph (128 kmph) y el riesgo constante de ser golpeados por una oscilante trampa de acero para cangrejos de 700 libras (318 kg) de peso. Son comunes los turnos de 20 horas, por lo general en temperaturas bajo cero, y sobre cubiertas resbaladizas que cabecean constantemente en ángulos peligrosos. Casi cada pescador de cangrejos de Alaska regresa a la costa con alguna clase de herida: manos y dedos aplastados, y costillas y extremidades rotas. Y en los peores accidentes la gente muere: más del 80% ahogados, como resultado de haber sido arrastrados por la borda, a causa de los mares increíblemente violentos.
Estas historias no pertenecen únicamente a Alaska. En todas partes de los océanos fríos del mundo, los pescadores soportan estas condiciones de trabajo inimaginablemente dificultosas, o peores. Y para los capitanes de estos barcos, los riesgos conviven con la constante amenaza económica para sus medios de vida. La construcción de barcos capaces de resistir las condiciones de los desenfrenados y congelantes océanos abiertos, cuesta millones de dólares y, mantenerlos durante el año, insume muchos miles más. Antes de que algún barco pesquero produzca ganancias, debe pagar las reparaciones, las piezas de recambio, el combustible, la comida, la carnada y el hielo para congelar la pesca. Tan sólo las redes y las trampas, herramientas básicas del negocio pesquero, pueden costar miles de dólares y, con frecuencia, son perdidas en el mar.
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