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Cuando Niki Lauda protagonizó el espectacular accidente que de milagro no le costó la vida, en el Grand Prix de Alemania en 1976, ya había sido campeón del mundo por primera vez en 1975. En el contexto de su inexplicable recuperación, no es del todo soprendente que haya vuelto a salir campeón, en 1977, y luego en 1984. Pero sí lo es. Todo lo sucedido alrededor del inolvidable corredor nacido en Viena el 22 de febrero de 1949 es en realidad sorprendente.
A pesar de que su padre era un hombre de negocios que venía de una dinastía de banqueros, Niki no tuvo nada a disposición a la hora de meterse en el mundo de la alta competencia. Todos sus primeros autos fueron pagados con préstamos tomados contra su seguro de vida. Tras pasar por varias categorías previas, firmó para Enzo Ferrari en 1974. Y un año después ya le estaba dando a la escudería su primer título en una década.
En 1976 iba camino a conseguir doblete, pero en el verano corrió el peligroso circuito de Nurburgring en Alemania y la imagen de su auto envuelto en llamas, cuando apenas iba por la segunda vuelta, recorrió el mundo entero. Cuatro valientes conductores y un policía lograron sacarlo. Tenía quemaduras de primer y de tercer grado en la cabeza y en las muñecas, varios huesos rotos y los pulmones inundados de gases tóxicos. Se lo dio por muerto, y hasta un sacerdote le dio responso, pero seis semanas más tarde, con sangre mojando los vendajes de su cabeza, terminó cuarto en el Grand Prix de Italia.
Se dijeron dos cosas, que la fuerza de voluntad todo lo puede, y que había sido el retorno más valiente en la historia del deporte. Siguió corriendo, se retiró, creo la compañía de aviones Lauda Air y volvió a correr cuando necesitó dinero, salió campeón en 1984 y dijo basta en 1985.
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