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Entrevista

 (DCI)

Entrevista Ana Weinstein

09:53, 18 de julio de 1994

El 18 de julio de 1994, Ana Weinstein entró al edificio de la Amia a las 9:45. Venía de cumplir una hora de oficina en la sede de la mutual judía argentina en la calle Ayacucho, en donde desempeñaba el cargo de directora de una biblioteca y un centro de documentación. Desde noviembre del 93 trabajaba también algunas horas en la sede de la calle Pasteur, en la preparación del centenario de la Amia.
Caminó por la calle Tucumán junto a su secretaria, Mirta Strier, hasta llegar al edificio. Saludaron al portero y subieron hasta el segundo piso, en donde Ana tenía una oficina temporal. Dejó la cartera en su oficina y sin sentarse siquiera salió a pedir asesoramiento acerca de un programa informático que estaba necesitando. “Salí de mi oficina. Ni siquiera alcancé a decirle a Mirta dónde iba. No sé, no sé realmente. Puedo entrar en la mística de decir que una mano me empujaba. Pero no me senté. Dejé las cosas y salí”, recuerda 15 años después.

Se sentó a hablar con las personas que estaban allí y pocos segundos después escuchó una explosión que estremeció el lugar. El desmoronamiento de la estructura sacudió el polvo que se pegó al cuerpo de Ana, quien se metió debajo de un escritorio. Los gritos de “salgan, salgan” la sacaron de donde estaba. Rápidamente buscó una salida.

¿Qué recuerda de la salida del edificio, luego de la explosión?

La salida de ese espacio cerrado era sinónimo de buscar aire para respirar. Se movía todo, se caían las cosas y los gritos y también estaba con mi angustia de estar ahí y de estar preocupada por Mirta a quien la había dejado hacía pocos minutos en la oficina. Encontramos una puerta que daba al exterior y desde ahí fue donde pudimos empezar a movilizarnos hacia un lugar abierto. Resultó ser un puente, un pasaje pero que terminaba en una pared. Eso había sido planificado para que funcionara como una salida de emergencia, a futuro, y de verdad que sirvió como tal aún antes que hubiese estado preparada para eso. Dimos a la parte trasera de una institución judía y empezamos, los que habíamos tenido la suerte de estar en esa parte del edificio, a salir por ahí. Trepamos hacia un techo y fue el primer momento que nos puso en real magnitud de lo que había sucedido. Les gritamos a vecinos que estaban en los balcones para que llamaran a los bomberos, pensando que nadie se había enterado de lo que había sucedido. Salimos por ese techo y bajamos a una habitación en desuso. Ahí el sereno del lugar nos ofreció agua y también un teléfono, lo cual significó algo maravilloso, porque tomar agua era imprescindible y pude comunicarme con mi marido que ya se había enterado lo del atentado. En ese caos quedamos en encontrarnos en la esquina o en la puerta -y esas eran cosas que uno decía casi instintivamente- porque estaba todo destruido. La salida la hice con Dora Van, que tenía a su marido que entraba en la guardia. Caminamos esa cuadra pisando vidrios, escuchando como todavía caían cosas con movimientos y ruidos. Ella, muy desesperada, tenía conciencia que su marido ya había ingresado a la guardia que le tocaba cambiar en la puerta de la Amia. Aunque entraba a las diez era muy puntual y siempre llegaba algunos minutos antes. Esa cuadra que caminamos abrazadas es un recuerdo muy duro. Ya había mucha gente desesperaba que gritaba el nombre de sus familiares para buscar. Fueron momentos muy desesperantes y yo estaba en un estado de ambivalencia porque quería subir a los escombros para poder colaborar y al mismo tiempo quedarme paralizada. Eran dos cosas que sucedían simultáneamente.

¿Cuándo decidió abandonar la zona?

A mi casa me fui como a las diez de la noche, no me podía mover de acá. Sí, me fui del lugar del atentado como a las 14 horas. Pero hasta esa hora estuve parada junto a personas que preguntaban por sus familiares. Cuando tenía certeza les decía que los había visto, por lo menos para calmar. Todo era una mezcla muy rara. Y recuerdo con mucha claridad la novia de uno de los muchachos que murió ahí. Habían venido tres nietos a arreglar el entierro de un abuelo. Ella estaba hablando con su novio que estaba ahí y él le decía que ya habían terminado los trámites y que estaban por salir. En ese momento se cortó la comunicación y ella estaba desesperada pensado si realmente su novio había alcanzado a salir o no. Después nos enteramos que él fue una de las víctimas del atentado. En todo eso empezó a haber información que en el edificio que Amia tenía en la calle Ayacucho se estaban reuniendo las autoridades y gente que vino a ayudar para hacer ahí la sede provisoria para recibir las desesperadas consultas, para atender a los familiares y organizar un poco. Nos dijeron a los de Amia que fuéramos para ahí y eso fue lo que hice, a las 14 horas, ya acompañada de mi hija y mi marido. Entré yo y me dediqué a ver qué podía hacer y a quien podía ayudar. Se estaban empezando a armar las listas en una computadora, a ingresar esos nombres. Estuve hasta las diez de la noche y ante la insistencia salí y me fui a casa. Lo único que pude hacer fue seguir viendo la tele y ver desde afuera aquello. Pero no pude desconectarme. Debo haber dormido algunas horitas y a la mañana siguiente volví y así estuve todos los días siguientes.

¿Durante cuántos días?

Fueron diez días larguísimos hasta que se encontró a la última víctima. Fueron diez días larguísimos en los que los familiares seguían en el edificio de Ayacucho. Dormían y vivían ahí hasta que se iban enterando y abandonaban el lugar a medida que aparecían los cuerpos. No solo estaban los familiares. Había voluntarios rescatistas, la presencia de muchísimos jóvenes que habían venido a ayudar y psicólogos. Entonces se fueron armando grupos de ayuda y asistencia y fue bajando la intensidad, pero no el dolor y la angustia. Eso duró mucho tiempo. Yo no dejé de ir a trabajar, sentía que tenía que estar ahí y seguir haciendo cosas. Seguí estando ahí, no podría precisar cuanto tiempo, hasta que fui retomando mi trabajo anterior.

09:54, 18 de julio de 2009

Usted es una de las sobrevivientes que nunca dejó de trabajar en la institución. ¿Ha sentido miedo alguna vez?

El miedo no lo experimenté. Para mi la convicción más grande fue que no podía darle el gusto a quienes quisieron matarnos, de dejar de ser lo que soy. Mis padres son sobrevivientes del holocausto y siempre lo que escuché, y ya como adulta pude entender más, es el enorme esfuerzo que tuvo que ser para ellos retomar la vida: crear una familia, tener hijos, criarlos, y continuar y disfrutar de cosas. Fue un mensaje muy fuerte. Mi continuidad en la Amia es un tema de convicción y claudicar hubiera sido como darle la espalda a las víctimas que no tenían como hacer para seguir luchando por sus vidas. Nunca dudé, eso es lo que hubieran querido los asesinos.

El miedo no lo experimenté. Para mi la convicción más grande fue que no podía darle el gusto a quienes quisieron matarnos, de dejar de ser lo que soy. Mis padres son sobrevivientes del holocausto y siempre lo que escuché, y ya como adulta pude entender más, es el enorme esfuerzo que tuvo que ser para ellos retomar la vida: crear una familia, tener hijos, criarlos, y continuar y disfrutar de cosas. Fue un mensaje muy fuerte. Mi continuidad en la Amia es un tema de convicción y claudicar hubiera sido como darle la espalda a las víctimas que no tenían como hacer para seguir luchando por sus vidas. Nunca dudé, eso es lo que hubieran querido los asesinos.

¿Siente rencor?

Rencor no. Lo que siento es muchísima desilusión vinculado al tema de la justicia. Que estemos 15 años después recomenzando casi desde un inicio por estos vericuetos que la causa tuvo me genera mucha tristeza, me genera desilusión. Podría ser una cuota de bronca. Me da mucha tristeza por los familiares porque siempre va a ser una herida para ellos, pero una herida muy abierta el tema que no haya justicia.

¿Por qué cree que se salvó?

Siempre uno cree que hay algo, en mi caso creo en Dios. Que hubo un Dios aparte que se fijó en nosotros en ese instante. Mi mamá me decía: “tu papá te cuidó”. Es esa creencia que en lo íntimo aparece y uno tiene que creer que había algo especial que tuvo que ver con nosotros.

¿Tiene pesadillas con el atentado?

Sí. Son cosas que vuelven. No de forma reiterada ni de forma tan directa pero sí hay imágenes que me afectan mucho y que no puedo mirarlas en películas, en esos edificios que están a medio de ser demolidos. Cosas que me recuerdan, aunque no esté en el contexto de nada pero me hacen acordar. Uno lo lleva dentro y está muy conectado.

¿Por qué sucedió este atentado precisamente en Argentina?

Ese fue el segundo atentado terrorista en Argentina. Ya habían volado la embajada de Israel en 1992 y hubo una flagrante impunidad. A mi me parece que fue un lugar donde tenían cierta certeza que este tipo de cosas no generaba un rápido esclarecimiento y rápida acción. Es decir: que había más facilidades para hacerlo. Son hipótesis porque uno jamás sabría cual fueron sus verdaderas motivaciones en la elección. Tenían mucha facilidad de contacto, de pistas y de ayuda local. Tal vez hizo que hubiesen elegido por esto último. Otras especulaciones que son de cercanía política o de posibles posteriores encubrimientos  ya escapa mi posibilidad de aseverarlo.
 



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