Duelo y condena
Los españoles dieron muestras de unidad en el duelo y en la condena de los atentados, pero en los días siguientes sus divisiones políticas se profundizaron. Las elecciones parlamentarias realizadas tres días después, que estaban programadas desde antes, se desarrollaron en medio de fuertes recriminaciones, sin que se cumplieran los pronósticos previos de un nuevo triunfo del Partido Popular de José María Aznar.
La discusión de si los atentados de Madrid eran una venganza por el apoyo de España a la invasión de Irak contaminó el debate político, que contribuyó a ahondar el dolor de quienes perdieron a algún ser querido en las explosiones.
Algunos miembros del Partido Popular afirmaron en las semanas siguientes de que los ataques del “11-M” estaban planificados desde antes de la invasión a Irak. Pero eso sólo ayudó a avivar la polémica y no sirvió de consuelo a las familias de las víctimas.
La división alcanzó a los propios afectados por los ataques y a sus familias, pues se formaron tres diferentes asociaciones de víctimas de los atentados. La mayor de estas agrupaciones seguiría insistiendo a lo largo del tiempo en la responsabilidad de Aznar por haber metido a España en un conflicto ajeno, como el de Irak.
El gobierno español creó una oficina especial para atender a las víctimas y sus familias, que repartió unos 65.000 dólares en indemnizaciones, a modo de reparación. Pero no logró aliviar el dolor de quienes perdieron a un ser querido. Las autoridades también concedieron un millar de permisos de residencia a extranjeros afectados que no habían hasta entonces regularizado su permanencia en el país.
Un lustro después de los atentados, todas estas medidas parecen no haber atenuado el dolor de miles de personas que perdieron a un esposo o esposa, un padre o una madre, un hijo o hija, o un novio o novia, un familiar, o un amigo, que ese fatídico jueves, como todos los días, abordó muy temprano un atestado tren para ir a cumplir sus obligaciones a Madrid.
Muchos familiares de las víctimas no logran contener las lágrimas cuando acuden al Bosque de los Ausentes, donde fue plantado un árbol por cada uno de los fallecidos en los atentados.